HISTORIA DEL CLUB DE PERIODISTAS DE MÉXICO, A.C.

Esta asociación civil nació en los años cincuenta del siglo XX bajo el nombre de Club Mexicano de Periodistas y tuvo varias sedes en la ciudad de México, como la de la Avenida Morelos 37, también cerca del Centro Histórico capitalino, antes de llegar a su inmueble definitivo en 1962, el cual se ubica en Filomeno Mata 8 y 10, Col. Centro del D.F.

 
El antecedente más remoto del CPM está en la llamada Asociación de Periodistas Escritores de 1872, la cual propugnó por la defensa de la libertad de pensamiento y la manifestación de las ideas a través de la prensa escrita, en una época en que Juárez y el liberalismo lograban su asentamiento e influencia en el México del siglo XIX, destacándose las ideas dinámicas del periodista José María Vigil.


Ya a mediados del siglo XX, un grupo de periodistas logró conformar la CMP con la idea de aglutinar y fortalecer al periodismo mexicano, así como a los periodistas de todas las corrientes, tendencias, géneros y fuentes, situación nada fácil y que hasta nuestros días sigue siendo complicada y casi imposible.


Por decreto presidencial del 26 de noviembre de 1961, expedido por el mandatario Lic. Adolfo López Mateos, fue cedido el inmueble de Filomeno Mata para lo que actualmente es el Club de Periodistas de México, A. C., edificio colonial que fue remozado y entregado a los periodistas el 14 de febrero de 1962 a través del entonces vocal presidente de éstos, Mariano D. Urdanivia.

Originalmente el CPM fue realizando una amplia labor de unidad de agrupaciones de periodistas nacionales, Además de una incansable actividad en pro de la cultura y las artes de México y del Mundo, justificando con ello, y cumpliendo con el decreto correspondiente, de utilizar el maravilloso inmueble para fines culturales y periodísticos a favor de la sociedad mexicana toda.


El CPM fue integrando en su infraestructura una gran variedad de servicios, tanto para los miembros del organismo como para los asistentes y usuarios de sus diversas actividades artísticas, sociales y de cultura: Sala de exposiciones, Sala de conferencias de prensa, Sala de redacción, de juntas, biblioteca, hemeroteca, cuartos de huéspedes distinguidos y de periodistas visitantes de otras entidades o del extranjero, oficinas administrativas, cafetería, baños, bolería, peluquería, sala de cine, casino, bar, restaurante, además de oficinas para la sede de diversos organismos sindicales y gremiales de periodistas. Incluso se tuvo espacio para el Museo de la Caricatura y espacio para un proyecto de radiodifusora que no lograron aterrizar.


Para la década de los noventa, surgieron una serie de problemas internos y externos que condujeron al CPM a una sólida lucha por su supervivencia, ya que en gobierno federal de entonces puso su interés en el inmueble histórico y realizó una serie de movimientos de engaño y de poder para lograr enajenar a su favor el edificio bajo la excusa de un gran proyecto federal a favor del Banco de México. Fue gracias a la tenaz defensa del entonces presidente del CPM, el inolvidable Antonio Sáenz de Miera, Celeste Sáenz de Miera, Mouris Salloum George y un pequeño grupo de abogados, periodistas, amigos y simpatizantes de la causa, que logró salvarse el inmueble por la vía legal (un amparo) y una actitud de entereza, valor civil y estoicismo que dieron como consecuencia la salvaguarda de n patrimonio legalmente constituido y oficialmente legado por un mandatario de la nación.


Después de esta etapa de luchas, juicios, demandas, alegatos, intentos de desalojo, actos de violencia física y moral, el CPM salió más fortalecido, aún cuando muchos periodistas optaron por dar la espalda a la asociación civil, dando por hecho su fin inevitable, víctima del divisionismo profesional, las diferencias gremiales y los obscuros intereses gubernamentales.


Hoy en día, la labor de su extinto presidente Saénz de Miera y Fieytal, así como el incansable trabajo decidido de Mouris Salloum George (su actual director ejecutivo), de la directiva Celeste Sáenz (Secretaria general) y un reducido grupo de periodistas y profesionistas de diversas ramas, han logrado convertir al CPM en lo que es hoy: una institución plural, abierta a todas las expresiones de la sociedad y la cultura de México y del Mundo; es un espacio público para las artes, la docencia, la intelectualidad, los políticos, diplomáticos, empresarios y toda clase de organizaciones que requieren de una espacio para la manifestación de sus ideas, conceptos, expresiones, productos, actividades y más, mucho más.

 

Actualmente el CPM ha ampliado su espectro de actividades y coberturas, logrando, a base de grandes esfuerzos, dar paso a la noble Fundación Antonio Sáenz de Miera y Fieytal, I.A.P. (Institución de Asistencia Pública), mediante la cual se da hogar, respeto a su dignidad, atención, cariño y servicios a personas de la tercera edad, en su mayoría periodistas y familiares de éstos que no tienen los recursos o familiares que se hagan cargo de ellos. Tal es el caso de la llamada Posada del Periodista, sitio limpio, agradable y dinámico en donde se ofrece a los huéspedes una serie de servicios como atención médica, alimentos, habitación, actividades recreativas, sociales, educativas, gimnasio, etc.


Además el CPM es la sede, desde hace quince años, de una publicación quincenal con un equipo de columnistas y redactores de primer nivel nacional e internacional: “Voces del Periodista” y transmite desde hace tres lustros una emisión radiofónica: “Voces del Periodista”, un espacio dentro de la cadena OEM; transmisiones diarias de las 17:00 a las 18:00 hrs., a través de la frecuencia 760 de A.M.; otro logro de los directivos del CPM ha sido la adecuación y reactivación de sus múltiples espacios en la sede de Filomeno Mata 8, como son salas y salones para exposiciones, seminarios, cursos, conferencias, simposium, biblioteca, además de eventos como: recepciones profesionales, cocteles, ceremonias nupciales, XV Años, etc., los cuales están a disposición de quienes los requieran y a costos realmente accesibles y los que a la vez contribuyen al costoso mantenimiento de tan ilustre como colosal inmueble.


Recientemente, el director general del CPM, Lic. Mouris Salloum George, con el acuerdo del Comité Ejecutivo de la asociación civil, anunció oficialmente el reinicio de otra importante actividad periodística, intelectual y cultural que desde sus orígenes llevó a efecto con éxito el club: la labor editorial, mediante la cual se retomará la tarea de editar libros con obras de importantes autores nacionales e internacionales, con una basta temática de interés para especialistas y público en general.


Por sus salas, salones y espacios, como el bellísimo Patio Neoclásico, han desfilado grandes figuras del periodismo, la política, la diplomacia, la educación, las artes, la cultura y de la sociedad que ha encontrado un foro de expresión libre, abierto y plural al alcance de las mayorías que no tiene voz ni presencia en otras partes, en otros espacios.

BREVE HISTORIA DEL INMUEBLE

El edificio histórico que alberga desde hace casi cincuenta años al Club de Periodistas de México, originalmente fue hospital para pobres en la Nueva España, de la orden de los Hermanos de Nuestra Señora de Betlehem de Guatemala, orden religiosa católica fundada en 1656 por el padre franciscano terciario español San Pedro de San José de Batancur (Tenerife, España, 1626-Guatemala, C.A., 1667), mejor conocido por su obra pía a favor de los pobres de Guatemala como el Hermano Pedro o “La Madre de Guatemala”.


Fundado en 1676, el hospital betlemita cumplió su misión humanitaria hasta que pasó a manos privadas después de terminada la colonia española; poco después de la etapa juarista, el inmueble estaba en manos de su propietario particular don Luis G. Labastida, quien a su vez lo entregó por vía de permuta a las autoridades estatales, quienes lo inscribieron en el Registro Público de la Propiedad y de Comercio del D.F., “Con el número 989 “A”, a fojas 243 del volumen I, tomo 24, sección primera, según datos de la DGPIF.


Históricamente fue seccionado en los números oficiales 8, 10 y 12 de la calle de Filomeno Mata, entre Tacuba y Cinco de Mayo (ya que era parte de la hasta hoy calle de Gante) y ha formado parte de diversos giros: Hotel Ambos Mundos durante la etapa del porfirismo, museo y oficinas de la entonces llamada Secretaria de Industria, Comercio y Trabajo (por decreto presidencial del general Abelardo L. Rodríguez del 30 de agosto de 1930), parte de la Secretaría de Gobernación, parte de la Secretaría de Turismo y hasta anexo de la desaparecida Compañía de Luz y Fuerza del Centro, y en lo que hoy es el CPM, el que ocupa gran parte de los 1,892 metros cuadrados, en el primer medio del siglo XX fueron oficinas de la Secretaría de la Economía Nacional, luego transformada en la de Industria y Comercio, en su ramo de Pesas y Medidas; también cabe mencionar que una parte mínima de este inmueble fue ocupada por oficinas de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, la que en 1968 cedió su mínimo espacio a la Secretaría del Patrimonio Nacional. Y fue precisamente en ese año olímpico cuando el gobierno federal dio en arrendamiento la parte del número 12, en su planta baja, a la llamada Central Financiera y Fiduciaria de Inversiones, S.A., para finalmente, en 1974, ser entregado este espacio de 231 metros cuadrados a la Representación del Gobierno del Estado de Nuevo León.

 

Actualmente otras partes del inmueble original conforman el actual Museo del Ejército y la Fuerza Aérea, La Torre de Papel, negocio dedicado a la venta de periódicos y revistas; sede de la ya citada Representación del Gobierno de Nuevo León y también el actual Museo Interactivo de Economía o MIDE. El Club de Periodistas de México, A.C., fue inaugurado oficialmente en Filomeno Mata 8 el 3 de septiembre de 1962, con un banquete de honor al entonces presidente de la República, Lic. Adolfo Mateos.

 


 

Según los historiadores y arqueólogos, en la época prehispánica azteca, los tlacuilos eran los encargados de dibujar los códices en que los indígenas llevaban registros de todo tipo (políticos, culturales, religiosos, sociales, mágicos, etc). Para formar los códices usaban el papel de amate, la piel de venado, tela de algodón tejida en telar de cintura, y, tal vez, papel de maguey, así como tinta, exclusivamente negra y roja, para las pinturas y glifos. Los códices se guardaban doblados a manera de biombos, en los amoxcallis, o casas de códices. Aún hoy los trabajos en amate  se utilizan en el arte mexicano.
Además de registrar los eventos en los códices, los aztecas conservaban su historia en la memoria de individuos, ya que transmitían sus conocimientos de generación en generación. El tlacuilo, según su etimología náhuatl o mexica es: "el que escribe pintando" o "el que pinta escribiendo".


En un momento posterior a la conquista española, un grupo de indígenas registró en la escritura latina la información que contenían varios códices y anales históricos aztecas. Años mas tarde fray Bernardino de Sahagún inició un estudio serio sobre el mundo indígena, y sus informantes fueron sabios indígenas provistos de códices. En ambos casos se realizó un verdadero trabajo de traducción, no sólo de una lengua a otra, sino de un sistema de registro de datos a otro.
En el Códice Matritense de la Real Academia de la Historia (citado en la obra Los antiguos mexicanos, de Miguel León-Portilla), al tlahcuilo se le define así:

logo negro

Tlahcuilo: el pintor
El pintor: la tinta negra y roja,
Artista, creador de cosas con el agua negra.
Diseña las cosas con el carbón, las dibuja,
prepara el color negro, lo muele, lo aplica.
El buen pintor: entendido, Dios en su corazón,
diviniza con su corazón a las cosas,
dialoga con su propio corazón.
Conoce los colores, los aplica, sombrea;
dibuja los pies, las caras,
traza las sombras, logra un perfecto acabado.
Todos los colores aplica a las cosas,
como si fuera un tolteca,
pinta los colores de todas las flores.
El mal pintor: corazón amortajado,
indignación de la gente, provoca fastidio,
engañador, siempre anda engañando.
No muestra el rostro de las cosas,
da muerte a sus colores,
mete a las cosas en la noche.

Pinta las cosas en vano,
sus creaciones son torpes, las hace al azar,
desfigura el rostro de las cosas.

 

DEFINICIONES ETIMOLÓGICAS


Tlacuilo es una palabra derivada del náhuatl tlacuilō o tlacuihcuilō que significa 'el que labra la piedra o la madera' y que más tarde pasó a designar a lo que hoy llamamos escriba, pintor, escritor o sabio.
es.wikipedia.org/wiki/Tlacuilo.


La palabra tlacuilo significa en lengua náhuatl «pintor, escritor» y está asociada a diferentes actividades artísticas, entre las cuales principalmente la pictografía.


nuevomundo.revues.org/optika/1/glosario.html


Los tlacuilos se hallaban bajo la protección de la diosa Xochiquetzal.


Los tlacuilos fueron artistas indígenas que se dedicaban a la pintura mural y de códices antes de la Conquista y que realizaron diversas obras en los primeros conventos del siglo XVI. A raíz de la constitución de las escuelas de artes y oficios, se generó un grupo de indígenas que eran encomendados para representar las imágenes religiosas, extremadamente requeridas, para la conformación de la Nueva España.


Actualmente no se conservan muchos datos acerca de dichos pintores. Manuel Toussaint los refiere como "primitivos" y menciona a Pedro Quauhtli, Miguel Toxoxhícuic, Luis Xochitótl y Miguel Yohualahuach como los autores de una pintura titulada Señores que habían gobernado el país azteca, la cual data de 1556. Debemos recordar que estos calificativos como "primitivo" no nos ayudan en nada para realizar una buena investigación, más aún si miramos este tipo de obra con ojos occidentales, los cuales tienden a medir y calificar toda manifestación artística mediante los cánones del arte clásico cuando en realidad, no se toma en cuenta que el concepto de arte no pertenece exclusivamente a la cultura occidental.


Otros tlacuilos de los que se tiene un vago registro son Fernando Colli y Pedro Xóchmitl quienes realizaron el cuadro de las "Catorce obras de Misericordia" para la cárcel de México en 1569.1 Algunos años antes, surgió el pintor indígena Marcos de Aquino , también llamado Marcos Cípac, quien fue citado por Bernal Díaz del Castillo como uno de los más destacados artistas. Una de sus obras más importantes fue el retablo de la Capilla de San José de los Indios en el Convento de San Francisco. Dicho retablo se componía de siete cuadros que representaban las escenas de El Calvario, San Buenaventura, San Luis Obispo, San José, San Francisco, San Antonio de Padua y el Cenáculo.

2.El tlacuilo más importante de esta época fue Juan Gerson del que se pensó que era proveniente de Flandes cuando se descubrieron las pinturas en la iglesia de Tecamachalco en el estado de Puebla. Las últimas propuestas afirman que era de origen indígena puesto que la técnica de dichas pinturas al temple tienen como soporte papel amate. Únicamente los tlacuilos de la época utilizaban este material para pintar.

3.La obra de Gerson es indiscutiblemente sensible y bella; el artista pudo imprimir una rica y colorida iconografía extranjera con admirada maestría. Las pinturas datan de 1562 y se encuentran en el sotocoro de la iglesia que perteneció a la orden franciscana. Las escenas ahí representadas provienen del Antiguo Testamento y el Apocalipsis; algunas son El Arca de Noé, Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis y San Juan Devorando el Libro, entre otras.

Pareciera ser que el rico colorido y la intención de Gerson por representar fielmente el mensaje del Apocalipsis han permitido que estas pinturas se distingan de otras obras realizadas por indígenas con distinto tema. El significado apocalíptico iba de acuerdo con la cosmovisión indígena de la comunicación entre las divinidades y los seres humanos. Según María Elena Landa, la religión indígena comprendía mensajes esotéricos que se manifestaban a través de sucesos míticos, visiones, voces y apariciones que lograban una fácil correspondencia entre el género apocalíptico y la religión prehispánica.

 

4
1. Toussaint, Manuel, "Diversas obras", en Arte Colonial en México, 4ª. Ed, UNAM: Instituto de Investigaciones Estéticas, México 1983, pág. 18
2. Ibidem.
3. Landa Ábrego, Maríia Elena, Juan Gerson: Tlacuilo, Gobierno del Estado de Puebla, México 1992, pág., 19.
4. Ibid, Landa Ábrego, pág. 24.


Fray Diego Durán documentó la labor de los tlacuilos, y lamentó la pérdida de tantos códices que contenían el conocimiento antiguo. Los pintores, como fueron llamados por los españoles, mantuvieron un lugar importante dentro de la sociedad colonial, posición heredada de la antigua organización y valoración del arte y la ciencia provenientes de las sociedades prehispánicas.


En la región náhuatl el tlacuilo pintaba los códices y los murales. Conocía las diversas formas de escritura, así como los símbolos de la mitología y de la tradición. El tlacuilo era dueño del simbolismo y era capaz de expresarlo mediante la tinta negra y roja. Antes de pintar, debía haber aprendido a dialogar con su propio corazón, esto quiere decir: que tenía que aprender a dialogar con su propia divinidad (los mexicas creían que dentro del corazón habitaba un principio divino). De ese modo se transmitía la divinidad a las pinturas, los códices y los murales.


Para llevar a cabo su labor artística, el tlacuilo contaba con la protección de la diosa náhuatl de las artes, de la belleza y de las flores: Xochiquetzal, "la flor de la pluma rica", que estaba presente en todas las actividades del juego, el canto, la danza, la pintura, el bordado, la escultura, y el trabajo con plata. Era también la diosa de las mujeres que realizaban la labor de tejido y de las que acompañaban a los hombres a la guerra. Se cuenta que Xochiquetzal fue la primera mujer que murió en combate. Su representación en los códices se caracteriza, principalmente, por llevar dos grandes penachos de pluma de quetzal, y por su indumentaria ricamente bordada.


El propio tlacuilo fue representado en los códices que componía con destreza. Con manos expertas preparaba la superficie del papel amate, a veces por ambos lados, aplicando una delgada capa de estuco o cal que le permitía lograr un trazo más preciso y una disposición más afinada de los colores, o le permitía corregir si lo necesitaba. Contaba con una extensa variedad de pinceles y estiletes de diferentes materiales. Los tlacuilos realizaban bocetos (como han contado los cronistas en la época de la Colonia), lo que les permitía corregir y perfeccionar su obra cuantas veces fuera necesario.


También se pintaron algunos códices sobre piel de venado u otras fibras vegetales distintas al amate. En general se les plegaba en forma de biombo o acordeón y su tamaño era pequeño, aunque existen algunos que eran planos y grandes como mapas.
En el caso de nuestro símbolo institucional, se trata de una modificación artística hecha por el señor Mouris Salloum George, director general del CPMAC, sobre una de las figuras que aparecen en el famoso Códice Mendoza, se trata de la figura  15 cuyo original es un talcuilo enseñando su arte-oficio a su hijo.